Count your blessings

Count your blessings
(o las dichosas muletas)
Hace semanas que quiero escribir esto. Hace meses que debo hacerlo. Bueno, finalmente me pongo.
Me machaca desde hace semanas, meses. Ayer ya fue el remate. La historia, el panorama, con ELA incluida, me hizo exclamar “¡Cómo no vamos a dar gracias!”
No, no es que ceda a la “anglicización” imperante que cada vez parece hacer más difícil usar el rico Castellano. No. Simplemente es que esa expresión me suena y me gusta en inglés. La idea, evidentemente, es universal, aunque no siempre practicada, lamentablemente.
Hace tiempo que lo hago. De hecho, en cierta medida siempre lo he hecho. Cierto es que a veces más. Cierto es que a veces es (o parece) más fácil. Cierto es que siempre hay motivo para ello.
No es que me haya tocado la lotería, o que mi vida haya dado un giro hacia el ideal. Tampoco es que los negocios de pronto hayan empezado a ir boyantes. Nada ha cambiado para bien en estos meses (¿años?) recientes.
No, simplemente es que a veces, cuando peor te va y más querrías pedir, te das cuenta de lo mucho que tienes que agradecer.
Me agobia pronto eso de pedir. Me harto rápido de estar pidiendo por mi. Así que prefiero agradecer. A los demás, y, especialmente a Dios.
No es que me haya ido especialmente bien en la vida (o eso pensaba yo). No he usado nunca cubertería de lujo. Nunca ha sobrado de nada. Tampoco me ha faltado lo esencial y nunca he tenido sensación de necesidad. Han habido épocas mejores y peores en todos los aspectos (últimamente, aparentemente, la peor, por ahora…).
Pero la verdad es que haciendo memoria, hasta puede parecer que soy un tipo con suerte. Porque si me pongo a contar, casi no nacer bien, casi ahogarte, casi estrellarte, volcar, volver a volcar, casi explotarte una bomba al lado, visitar más de cuarenta (40) paises sin un solo incidente, por solo contar algunas (hay bastantes más), parecería buena suerte (bueno, un pesimista diría que soy gafe… ja ja ja).
Sí, me puse a contar mis bendiciones, a contar lo bueno que tengo y que he vivido. Porque a veces, en medio de toda la basura que remueve el temporal haciéndola girar a tu alrededor en una especie de torbellino, puedes dejar de ver lo mucho de bueno que hay.
A veces, la meria es buena pero perversamente selectiva, y al mirar atrás puedes ver solo los baches, solo la gente que falla, y eso no es bueno, ni es justo, ni es verdad.
Últimamente (esto de “últimamente” se está haciendo cada vez más largo, muy largo, van varios años), cuando más difícil parecía hacerlo, más lo he practicado. Así que hablo desde la práctica. No es que sea fácil, pero es muy sano, es mucho mejor hacerlo que no hacerlo.
Recuerdo muchas veces y la he compartido bastantes, la famosa frase “me quejaba de no tener zapatos hasta que miré y a mi lado había uno que no tenía pies”. Soy un convencido de que es así, de que, muchas veces, nos quejamos porque no miramos mucho más allá de nosotros mismos y no vemos las calamidades que viven otros. Pensamos que lo peor nos está pasando a nosotros, cuando algunos no pueden ni pensar. Unas semanas usando muletas me han ayudado a ver esto mucho más claramente.
Aun así, creo que no se trata de compararse hasta encontrar alguien más desgraciado que tú para, así, no sentirte tan desgraciado y consolarte con la idea de que otros están peor. Creo que está bien ser consciente del dolor ajeno, especialmente si eres capaz de sensibilizarte ante ello y hacer algo al respecto (a veces con SER y ESTAR es suficiente). Pero creo que podemos ir mucho más lejos que eso. Creo que podemos y debemos ser capaces de hacer una gran lista de bendiciones no comparativas que hacen de nuestra vida un regalo a cuidar. Y he comprobado, compruebo a diario, que es sano, realista y enriquecedor.
Ya sé lo que estás pensando: ¡Qué fácil es decirlo cuando a uno todo le va bien! Bueno, te recuerdo que estoy en ello “últimamente” (o sea, hace varios años). Cada vez que parece que la “mala racha” acaba, llega algo peor que lo anterior. Así que no es que un observador externo fuese a decir que “me va bien”. Pero además, no he dicho que fuese fácil. Lo que digo es que vale la pena. Digo que, si lo haces, vas a estar mejor que si no lo hicieras. Digo que, si haces una lista de cosas por las que estar agradecido, vas a sentirte mejor, vas a ser más atractivo para otros, vas a sonreir más, vas a tener más ganas de comenzar el día, vas a tener más que aportar a otros, vas a rendir más, vas a ser y parecer menos víctima, vas a estar más al mando de tu vida, y vas a ser más justo.
¿Cómo vas a ir a vender lo que sea a quién sea, si eres ante tus propios ojos un desgraciado? ¿Cómo va a querer comprarte alguien (pensando que le va a ir bien con lo tuyo) si te presentas (o transmites) que eres un saco de desgracias, mala suerte o víctima de gente que te intenta perjudicar?
Supongo que me vas siguiendo, que ya lo vas viendo. Pero, por si acaso, imagina la escena, imagínate recibiéndote a ti mismo como visitante que viene a vender o a convencer de cualquier cosa o a venderse a si mismo, y desarrolla dos películas: La primera la del que acaba de dar las gracias por todo lo que ha aprendido de la venta en las muchas visitas anteriores, acaba de recordar los logros alcanzados en cuanto a cantidades de venta, y a premios recibidos; El que acaba de agradecer los maestros que ha tenido y tiene, personales o virtuales (libros, cursillos, etc) y las personas que se han cruzado en su vida profesional que le han mostrado cómo hacer las cosas (y cómo no hacerlas); Ese que agradece cada pequeña venta o cada pequeño logro; El mismo que acaba de recordarse a sí mismo lo afortunado que es por poder llegar en coche y no en transporte público a la visita; El que agradece poder estar algo agobiado con el pago de la hipoteca de la casa espectacular que adquirió cuando ganaba tanto que ni lo valoraba, pero que está agradecido porque puede seguir disfrutando de una casa con la que otros solo sueñan; ese mismo, en fin, que se alegra y agradece tener un trabajo en el que los ojos se le llenan de imágenes nuevas cada día y de experiencias imposibles de disfrutar en otros trabajos o en una oficina cerrada.
Luego, imagina al mismo individuo, llegando al rato (es que no era capaz de bajarse del coche nada más pensarlo, por eso es “al rato”) de quejarse por su mala suerte con la última reparación del coche algo destartalado con el que va a trabajar; Un tipo que lamenta su desdicha por tener que ganarse cada día el sustento sin saber cuánto cobrará a finales de mes; alguien que se desespera por tener que tratar una y otra vez con clientes quejosos y que reclaman atención pagando poco o nada por ella; alquien que está harto de que le salga mal cosa tras cosa. Alguien con cara ya arrugada de fruncir el ceño para asegurarse de que se sabe, queda claro, que le ha dolido, que eso le ha molestado, que no nada en la abundancia y la felicidad; una persona que ha perdido amigos, clientes, familiares, y que, por si fuera poco, su equipo no gana la liga desde el siglo pasado…
Son la misma persona, pero, ¿Con cuál querrías pasar la tarde? ¿Con quién querrías pasar una hora o 30 minutos? ¿A cuál le comprarías? ¿A quién le dedicarías tu tiempo y atención y aprecio?
Puede que al segundo le dieras una limosna de tu tiempo o dinero en forma de compra, pero al que esperarás o querrás volver a ver es al primero, ¿Verdad?
Supongo que ahora que lo estás viendo (igual ya lo tenías claro y solo estoy machacándote) te puede ir bien alguna idea, así que voy a sugerirte direcciones en las que mirar para encontrar por lo que estar agradecido.
Familia (herman@s, sobrin@s, padres hij@s, prim@s, tí@as);
Amig@s;
Clientes;
Conocid@s;
Desconocid@s;
Herman@s de fe;
Experiencias vividas;
Cursos realizados;
Lecciones aprendidas (especialmente las amargas);
Armario ropero;
Garage;
Librería;
Album de fotos;
Pasaporte (y los antiguos si los has guardado);
Listado de clientes;
He descubierto que el agradecimiento también es un músculo que se desarrolla con el uso. Cuanto más lo practicas, más razones para estar agradecido te vienen a la mente. Así que, agradece. Agradece con pasión.

(o las dichosas muletas)

Hace semanas que quiero escribir esto. Hace meses que debo hacerlo. Bueno, finalmente me pongo.

Me machaca desde hace semanas, meses. Ayer ya fue el remate. La historia, el panorama, con ELA incluida, me hizo exclamar “¡Cómo no vamos a dar gracias!”

No, no es que ceda a la “anglicización” imperante que cada vez parece hacer más difícil usar el rico Castellano. No. Simplemente es que esa expresión me suena y me gusta en inglés. La idea, evidentemente, es universal, aunque no siempre practicada, lamentablemente.

Hace tiempo que lo hago. De hecho, en cierta medida siempre lo he hecho. Cierto es que a veces más. Cierto es que a veces es (o parece) más fácil. Cierto es que siempre hay motivo para ello.

No es que me haya tocado la lotería, o que mi vida haya dado un giro hacia el ideal. Tampoco es que los negocios de pronto hayan empezado a ir boyantes. Nada ha cambiado para bien en estos meses (¿años?) recientes.

No, simplemente es que a veces, cuando peor te va y más querrías pedir, te das cuenta de lo mucho que tienes que agradecer.

Me agobia pronto eso de pedir. Me harto rápido de estar pidiendo por mí. Así que prefiero agradecer. A los demás, y, especialmente, a Dios.

No es que me haya ido especialmente bien en la vida (o eso pensaba yo). No he usado nunca cubertería de lujo. Nunca ha sobrado de nada. Tampoco me ha faltado lo esencial y nunca he tenido sensación de necesidad. Han habido épocas mejores y peores en todos los aspectos (últimamente, aparentemente, la peor, por ahora…).

Pero la verdad es que haciendo memoria, hasta puede parecer que soy un tipo con suerte. Porque si me pongo a contar, casi no nacer bien, casi ahogarte, casi estrellarte, volcar, volver a volcar, casi explotarte una bomba al lado, visitar más de cuarenta (40) paises sin un solo incidente, por solo contar algunas (hay bastantes más), parecería buena suerte (bueno, un pesimista diría que soy gafe… ja ja ja).

Sí, me puse a contar mis bendiciones, a contar lo bueno que tengo y que he vivido. Porque a veces, en medio de toda la basura que remueve el temporal haciéndola girar a tu alrededor en una especie de torbellino, puedes dejar de ver lo mucho de bueno que hay.

A veces, la memoria es buena pero perversamente selectiva, y al mirar atrás puedes ver solo los baches, solo la gente que falla, y eso no es bueno, ni es justo, ni es verdad.

Últimamente (esto de “últimamente” se está haciendo cada vez más largo, muy largo, van varios años), cuando más difícil parecía hacerlo, más lo he practicado. Así que hablo desde la práctica. No es que sea fácil, pero es muy sano, es mucho mejor hacerlo que no hacerlo.

Recuerdo muchas veces y la he compartido bastantes, la famosa frase “me quejaba de no tener zapatos hasta que miré y a mi lado había uno que no tenía pies”. Soy un convencido de que es así, de que, muchas veces, nos quejamos porque no miramos mucho más allá de nosotros mismos y no vemos las calamidades que viven otros. Pensamos que lo peor nos está pasando a nosotros, cuando algunos no pueden ni pensar. Unas semanas usando muletas me han ayudado a ver esto mucho más claramente.

Aun así, creo que no se trata de compararse hasta encontrar alguien más desgraciado que tú para, así, no sentirte tan desgraciado y consolarte con la idea de que otros están peor. Creo que está bien ser consciente del dolor ajeno, especialmente si eres capaz de sensibilizarte ante ello y hacer algo al respecto (a veces con SER y ESTAR es suficiente). Pero creo que podemos ir mucho más lejos que eso. Creo que podemos y debemos ser capaces de hacer una gran lista de bendiciones no comparativas que hacen de nuestra vida un regalo a cuidar. Y he comprobado, compruebo a diario, que es sano, realista y enriquecedor.

Ya sé lo que estás pensando: ¡Qué fácil es decirlo cuando a uno todo le va bien! Bueno, te recuerdo que estoy en ello “últimamente” (o sea, hace varios años). Cada vez que parece que la “mala racha” acaba, llega algo peor que lo anterior. Así que no es que un observador externo fuese a decir que “me va bien”. Pero además, no he dicho que fuese fácil. Lo que digo es que vale la pena. Digo que, si lo haces, vas a estar mejor que si no lo hicieras. Digo que, si haces una lista de cosas por las que estar agradecido, vas a sentirte mejor, vas a ser más atractivo para otros, vas a sonreir más, vas a tener más ganas de comenzar el día, vas a tener más que aportar a otros, vas a rendir más, vas a ser y parecer menos víctima, vas a estar más al mando de tu vida, y vas a ser más justo.

¿Cómo vas a ir a vender lo que sea a quién sea, si eres ante tus propios ojos un desgraciado? ¿Cómo va a querer comprarte alguien (pensando que le va a ir bien con lo tuyo) si te presentas (o transmites) que eres un saco de desgracias, mala suerte o víctima de gente que te intenta perjudicar?

Supongo que me vas siguiendo, que ya lo vas viendo. Pero, por si acaso, imagina la escena, imagínate recibiéndote a ti mismo como visitante que viene a vender o a convencer de cualquier cosa o a venderse a si mismo, y desarrolla dos películas: La primera la del que acaba de dar las gracias por todo lo que ha aprendido de la venta en las muchas visitas anteriores, acaba de recordar los logros alcanzados en cuanto a cantidades de venta, y a premios recibidos; El que acaba de agradecer los maestros que ha tenido y tiene, personales o virtuales (libros, cursillos, etc) y las personas que se han cruzado en su vida profesional que le han mostrado cómo hacer las cosas (y cómo no hacerlas); Ese que agradece cada pequeña venta o cada pequeño logro; El mismo que acaba de recordarse a sí mismo lo afortunado que es por poder llegar en coche y no en transporte público a la visita; El que agradece poder estar algo agobiado con el pago de la hipoteca de la casa espectacular que adquirió cuando ganaba tanto que ni lo valoraba, pero que está agradecido porque puede seguir disfrutando de una casa con la que otros solo sueñan; ese mismo, en fin, que se alegra y agradece tener un trabajo en el que los ojos se le llenan de imágenes nuevas cada día y de experiencias imposibles de disfrutar en otros trabajos o en una oficina cerrada.

Luego, imagina al mismo individuo, llegando al rato (es que no era capaz de bajarse del coche nada más pensarlo, por eso es “al rato”) de quejarse por su mala suerte con la última reparación del coche algo destartalado con el que va a trabajar; Un tipo que lamenta su desdicha por tener que ganarse cada día el sustento sin saber cuánto cobrará a finales de mes; alguien que se desespera por tener que tratar una y otra vez con clientes quejosos y que reclaman atención pagando poco o nada por ella; alquien que está harto de que le salga mal cosa tras cosa. Alguien con cara ya arrugada de fruncir el ceño para asegurarse de que se sabe, queda claro, que le ha dolido, que eso le ha molestado, que no nada en la abundancia y la felicidad; una persona que ha perdido amigos, clientes, familiares, y que, por si fuera poco, su equipo no gana la liga desde el siglo pasado…

Son la misma persona, pero, ¿Con cuál querrías pasar la tarde? ¿Con quién querrías pasar una hora o 30 minutos? ¿A cuál le comprarías? ¿A quién le dedicarías tu tiempo y atención y aprecio?

Puede que al segundo le dieras una limosna de tu tiempo o dinero en forma de compra, pero al que esperarás o querrás volver a ver es al primero, ¿Verdad?

Supongo que ahora que lo estás viendo (igual ya lo tenías claro y solo estoy machacándote) te puede ir bien alguna idea, así que voy a sugerirte direcciones en las que mirar para encontrar por lo que estar agradecido.

Familia (herman@s, sobrin@s, padres hij@s, prim@s, tí@as);

Amig@s;

Clientes;

Conocid@s;

Desconocid@s;

Herman@s de fe;

Experiencias vividas;

Cursos realizados;

Lecciones aprendidas (especialmente las amargas);

Armario ropero;

Garage;

Librería;

Album de fotos;

Pasaporte (y los antiguos si los has guardado);

Listado de clientes;

He descubierto que el agradecimiento también es un músculo que se desarrolla con el uso. Cuanto más lo practicas, más razones para estar agradecido te vienen a la mente. Así que, agradece. Agradece con pasión.