BULBO A BULBO

Esta semana he leído varias historias que iré compartiendo y que creo nos pueden ayudar.

La primera la envía Bob Proctor, aunque es de Jaroldeen Asplund Edwards. Es algo larga, así que te sugiero que te prepares con paciencia y te relajes, porque vale la pena.

Mi hija me había telefoneado varias veces para decirme, “Mamá, tienes que venir y ver los narcisos antes de que se marchiten”. Quería ir, pero era un viaje de dos horas desde Laguna al Lago Arrowhead. Entre ir y volver se pasaba casi todo el día – y sinceramente no tenía un día libre hasta la semana siguiente.

“Vendré el martes que viene”, le prometí, algo reacia, a la tercera llamada. El siguiente martes amaneció frío y lluvioso. Pero, lo había prometido, así que conduje toda la carretera 91, continué por la I-215, y finalmente giré hacia la ruta 18 y comencé a conducir montaña arriba por la carretera. Las cumbres de las montañas estaban rodeadas de nubes, y había avanzado solo unas pocas millas cuando la carretera se cubrió completamente de un manto de niebla húmeda y gris. Reduje la velocidad hasta casi arrastrar el coche, con el corazón latiendo fuertemente. La carretera se estrecha y retuerce hacia la cima de la montaña.

Mientras pasaba las peligrosas curvas a velocidad de caracol, rezaba para alcanzar el cruce de Blue Jay que significaría que había llegado. Cuando finalmente entré en casa de Carolyn y abracé y saludé a mis nietos dije, “¡Olvídate de los narcisos, Carolyn! ¡La carretera se ha hecho invisible por las nubes y la niebla, y no hay nada en el mundo excepto tú y estos queridos niños que quiera ver lo suficiente como para conducir otra pulgada!”

Mi hija sonrió calmadamente, “Siempre conducimos así, Mamá”.

“Bueno, no me pondrás de nuevo en la carretera hasta que despeje – y entonces ¡me iré a casa!” le aseguré.

“Esperaba que me acercases al taller a recoger mi coche. Acaba de llamar el mecánico y ya han terminado de reparar el motor”, contestó.

“¿Cómo de lejos tendremos que ir?” pregunté con cautela.

“Solo unas manzanas”, dijo Carolyn alegremente.

Así que pusimos los cinturones de seguridad a los niños y nos metimos en mi coche. “Yo conduzco” se ofreció Carolyn. “Estoy acostumbrada a esto”. Nos metimos en el coche y comenzó a conducir.

En unos minutos me di cuenta de que estábamos de nuevo en la carretera de la cima del mundo dirigiéndonos hacia la cumbre de la montaña. “¿A dónde vamos?” exclamé, estresada por estar de nuevo en la carretera de montaña entre la niebla. “¡Este no es el camino hacia el taller!”

“Vamos al taller por el camino largo”, sonrió Carolyn, “pasando por los narcisos”.

“Carolyn”, dije severamente, intentando sonar como si todavía fuese la madre al cargo de la situación, “por favor da la vuelta. No hay nada en el mundo que quiera ver tanto como para conducir por esta carretera con este tiempo”.

“No pasa nada, Mamá”, contestó ella con una expresión de conocimiento en el rostro. “Sé lo que hago. Te prometo que nunca te lo perdonarías si te perdieses esta experiencia”.

Y así fue como mi dulce y querida hija que nunca me ha dado ni un instante de dificultad en toda su vida estaba al cargo de golpe – ¡y me estaba secuestrando! No me lo podía creer. Me gustase o no, iba camino de ver unos ridículos narcisos – conduciendo en medio del espeso y gris silencio del borde  de la montaña envuelta en niebla en lo que yo creía que era a riesgo de la propia vida.

Me callé todo el camino. Después de unos 20 minutos giramos hacia un pequeño camino de grava que se bifurcaba hacia un hueco lleno de robles a un lado de la montaña. La niebla se había levantado un poco, pero el cielo bajaba, gris y con pesadas nubes.

Aparcamos en un pequeño aparcamiento junto a una pequeña iglesia de piedra. Desde nuestro punto de vista elevado en la cima de la montaña podíamos ver más allá de nosotros, en la niebla, las crestas de la sierra de San Bernardino como los oscuros y abultados lomos de una manada de elefantes. A lo lejos por debajo de nosotras los valles, colinas y llanos envueltos en niebla se extendían hacia el desierto.

En el extremo más lejano de la iglesia vi una senda cubierta de agujas de pino, con arbustos de manzanilla y siempreverde y un sencillo cartel indicador que decía “Jardín de Narcisos”.

Cada una tomamos a un niño de la mano, y seguí a Carolyn por el camino a medida que se adentraba en los árboles. La montaña se inclinaba desde un lateral del camino en escalones irregulares, valles y pliegues como una falda muy arrugada.

Robles, laurel de montaña y arbustos cuajaban los pliegues, y en el aire gris y lluvioso, el verde follaje se veía oscuro y monocromático. Me dio un escalofrío. Entonces giramos en la senda, miré hacia delante y exclamé. Ante mi se extendía la visión más gloriosa, inesperadamente y absolutamente espléndida. Parecía como si alguien hubiera tomado una gran vasija con oro y lo hubiera derramado sobre los picos y las pendientes y se hubiese deslizado en cada grieta y cada elevación. Incluso en el aire saturado de humedad, la colina se veía radiante, vestida de lenguas y cascadas masivas de narcisos. Las flores estaban plantadas en patrones majestuosos y arremolinados, grandes ribetes y franjas de naranja profundo, blanco, amarillo limón, rosa salmón, azafrán y amarillo mantequilla.

Cada variedad de color diferente (me enteré después de que había más de 35 variedades en el vasto escaparate) estaba plantada como grupo para que fluyera y se arremolinase como su propio río con su propio y único matiz.

En el centro de esta exposición increíble y deslumbrante de oro, una cascada de jacinto púrpura fluía como una catarata de flores enmarcada en su propio estanque de rocas alineadas, tejida entre los brillantes narcisos. Un acogedor camino hendido en el jardín. Había varios lugares de descanso, pavimentados con piedras y amueblados con bancos de madera Victorianos y grandes tubos de tulipanes de color coral y rojo carmín. Como si esto no fuese suficientemente magnífico, la Madre Naturaleza había añadido su propia nota – por encima de los narcisos, una bandada de colibríes revoloteaba y se lanzaba haciendo relucir su brillo. Estos preciosos pajarillos son de color zafiro con pechos rojo magenta. Mientras danzan en el aire, sus colores son como verdaderas joyas por encima de los brillantes narcisos. El efecto era espectacular.

No importaba que el sol no brillase. El brillo de los narcisos era como el resplandor del día más radiante. Las palabras, aunque son maravillosas, simplemente no pueden describir la increíble belleza de esa cumbre adornada de flores.

¡Dos hectáreas de flores! (Esto también lo descubrí cuando se respondieron algunas de mis preguntas.). “¿Pero quién ha hecho esto?” le pregunté a Carolyn. Estaba desbordante de gratitud porque me hubiese llevado – incluso contra mi voluntad. Esta era una experiencia única en la vida.

“¿Quién?” pregunté de nuevo, casi sin palabras por lo maravillada que estaba, “y ¿cómo? ¿Por qué? ¿Cuándo?”

“Una sola mujer”, me contestó Carolyn. “Vive en la propiedad. Esa es su casa.” Carolyn señaló una casa bien conservada de tejado a dos aguas que se parecía pequeña y modesta en medio de toda esa gloria.

Caminamos hasta la casa, con mi mente bullendo con preguntas. En el patio vimos un póster. “Respuestas a las Preguntas que Sé que te estas Haciendo” era el título. La primera respuesta era sencilla. “50.000 bulbos”, decía. La segunda respuesta era, “de uno en uno, por una mujer, dos manos, dos pies, y muy poco cerebro”. La tercera respuesta era, “comencé en 1958”.

Ahí estaba. El Principio Narciso.

Para mí, en ese momento, fue una experiencia que cambió mi vida. Pensé en esta mujer a la que ni conocía, que, más de 35 años antes, había comenzado – bulbo a bulbo – a llevar a una oscura cima de una montaña su visión de la belleza y la alegría. Bulbo a bulbo.

No había otra manera de hacerlo. Bulbo a bulbo. Sin atajos – simplemente amando el lento proceso de plantar. Amando el trabajo a medida que se desplegaba.

Amar un logro que crecía tan lentamente y que florece solo tres semanas al año. Aun así, simplemente bulbo a bulbo, año tras año, había cambiado el mundo.

Esta mujer desconocida había cambiado totalmente el mundo por la manera en que había vivido. Había creado algo de inefable magnificencia, belleza e inspiración.

El principio que enseñaba su jardín de narcisos es uno de los principios más grandes de la celebración: aprender a avanzar hacia nuestras metas y deseos paso a paso – a menudo paso de bebé a paso de bebé – aprendiendo a amar el proceso en sí, aprendiendo a usar la acumulación de tiempo.

Cuando multiplicamos pequeñas porciones de tiempo con pequeños incrementos de esfuerzo diario, también nosotros encontraremos que podemos lograr cosas magníficas. Podemos cambiar el mundo.

“Carolyn”, dije esa mañana en la cima de la montaña cuando abandonábamos el cielo de narcisos con nuestras mentes y corazones empapados y asombrados todavía por el esplendor que habíamos visto, “¡es como si esa remarcable mujer hubiera pespunteado la tierra! Es como si la hubiera decorado. Piénsalo, plantó cada bulbo durante más de treinta años. ¡Bulbo a bulbo! Y esa es la única manera en que se podría haber creado este jardín.

Cada bulbo individual tenía que ser plantado. No había manera de saltarse ese proceso. Dos hectáreas de flores. ¡Esa magnífica cascada de jacintos! Todo, bulbo a bulbo”.

El pensamiento de esto llenó mi mente. De golpe estaba abrumada por las implicaciones de lo que había visto. “Me entristece un poco”, le reconocí a Carolyn. “Lo que podría yo haber logrado si hubiera pensado en un objetivo magnífico hace treinta y cinco años y hubiera trabajado en él ‘bulbo a bulbo’ durante todos esos años. ¡Piensa en lo que podría haber sido capaz de lograr!”

Mi sabia hija puso el coche en marcha y resumió el mensaje del día a su manera directa. “Comienza mañana”, dijo con la misma expresión de conocimiento que había llevado durante casi toda la mañana. ¡Profunda sabiduría!

No hace falta pensar en las horas perdidas del ayer. La manera de aprender una lección de celebración en lugar de una causa de lamento es solo preguntar “¿Cómo puedo poner esto a funcionar mañana?”

Hay poco que añadir. Lo primero que se me ocurre es repetir la última pregunta (algo apañadita), ¿Cómo puedo poner esto a funcionar hoy para mí? Porque seguro que estamos de acuerdo en que como lectura, la historia casi se hace un poco larga. De lo que se trata es de la lección, como algunos han dicho, el principio narciso.

La semana que viene compartiré contigo algún relato más. Mientras tanto me gustaría recibir aportaciones de ejemplos de tu “bulbo a bulbo”.

Te sugiero que leas en http://www.vive-con-pasion.com/aportaciones/ el blog de Robin Sharma sobre las micro-victorias. Es uno de los enfoques de la idea de “bulbo a bulbo”.

¿Quieres ver unas fotos de los narcisos y hacerte una pequeña idea de lo que se puede lograr bulbo a bulbo? Usa el siguiente vínculo y disfruta: http://www.google.es/search?q=arrowhead+daffodils+pictures&hl=es&biw=1024&bih=548&prmd=ivns&tbm=isch&tbo=u&source=univ&sa=X&ei=bQeiTcqfIcrJhAenytCBBQ&ved=0CB0QsAQ

En este vínculo tienes más fotos: http://www.matthewwallmanphotography.com/Matthews-Personal-Photos/SoCal/Arrowhead-Daffodils-1/7887768_5KW7S#511444982_bdfDE