¿FOTO O PAISAJE?

Muy a menudo (demasiado) nos encontramos con una situación en la que comenzamos a hacer fotografías de manera casi compulsiva. Puede que sea un cielo de tonos inusualmente degradados, una luna enorme o de color casi rojo, una puesta de sol, un valle encantador, una sombra imposible, o, incluso, un accidente.

Hace unos días, los medios nos contaban la historia de una conductora que tuvo un vuelco espectacular en plena ciudad de Sevilla y, rodeada de transeúntes, no recibía ayuda de ninguno de ellos para salir del vehículo. Todos estaban muy ocupados con sus móviles, pero no llamando por teléfono para solicitar ayuda, sino haciéndole fotos y videos que colgaron en Internet antes de que la familia de la accidentada se enterase por ella del accidente.

Sin llegar a este extremo, es muy habitual que en bautizos, comuniones, bodas y todo tipo de ceremonias, cueste seguir el hilo ante la batería de cámaras de video, fotografía y teléfonos móviles que recogen el momento.

En otras ocasiones se trata de algún lugar o vista espectacular o atractivo que se llena de flashes y manos alzadas grabando o fotografiando el momento.

No estoy contra hacer fotografías. Hace casi 30 años que me regalaron la primera cámara. Con mi primer carrete fotografié a la persona que años después decidió compartir su vida conmigo. Así que valoro una fotografía como recuerdo y chispa evocadora de recuerdos. Disfruto volviendo a ver imágenes de momentos normales, especiales y hasta irrepetibles. Si, hay que capturar el momento.

Lo que pasa es que, a veces, la foto nos hace perdernos el paisaje. El momento nos puede costar la experiencia.

¿Cuantas de esas fotos que se toman con fruición y casi gula volvemos a ver alguna vez?

¿Vale la pena filmar un sermón, una charla inspiradora o un buen discurso para “volver a verlo”?

Es evidente que mientras hago eso no estoy recibiendo, y por lo tanto aprovechando, todo lo que me están dando en esos momentos. Mientras hago fotos de la puesta de sol no puedo empaparme de sol y percibir con detalle como deja de calentarme, poco a poco, al desaparecer en el horizonte. Mientras intento fotografiar una y otra vez el salto de la patinadora, me pierdo las demás acrobacias. Mientras filmo un trozo del panorama me pierdo el resto del paisaje.

¿Y qué decir de lo que ocurre con conversaciones y situaciones en las que me puedo estar perdiendo “el paisaje” quedándome fijo en detalles?

En la venta (y en las relaciones humanas) hay continuamente momentos, instantes, deslumbrantes que nos pueden llamar la atención y a los que podemos dedicar un tiempo precioso. Muchas veces surgen comentarios en los que nos quedamos y que nos hurtan un paisaje inspirador, útil, productivo, reparador…

Pondré algunos ejemplos:

  • Conversación con un cliente un poco despreciativo. En el momento que muestra un poco de desdén o falta de aprecio por mi oferta lo recojo como un desprecio personal, le saco la foto, y me descuido de ofrecerle otras cosas, observar su interés por otros productos o servicios. Además esa foto es la que voy a recordar cuando repase mi álbum del día.
  • Reunión de amigos y conocidos. Siempre hay alguno que no nos cae demasiado bien, ¿verdad? En cuanto tenemos un roce o posible roce, permitimos que ese momento nos robe disfrute el resto de la velada con los demás.
  • Entrevista de trabajo. El entrevistador nos pone a prueba. Lo percibimos y nos fastidia e intranquiliza a partes iguales. Lo arrastramos durante el resto de la entrevista y perdemos oportunidades de transmitir nuestro gran valor para la tarea ofertada.
  • Reunión de trabajo. No se acepta nuestra propuesta, no se nos tiene en cuenta para una decisión, se nos reprueba en público, y automáticamente disparamos la cámara y nos perdemos el resto dejando de aportar cosas que hubieran sido aplaudidas con más energía y entusiasmo que lo “negativo” anterior.

No es que todas esas fotos no hayan tenido lugar. Es que representan una parte de la realidad. Quizá la que menos nos puede ayudar o aportar.

Volviendo a las cámaras, algunos pueden estar pensando: existe el gran angular. Ese objetivo que abre el campo de visión de la cámara y llega a superar la panorámica humana.

Bueno, la verdad es que si, que se puede capturar un paisaje con un gran angular y no perderse ningún ángulo. Pero también es cierto que mientras hago un montón de fotos con un gran angular me sigo perdiendo sabores, olores, sonidos… y lo que es peor, el gran angular deforma las imágenes.

Así que te invito a que disfrutes del paisaje, saborea cada instante del amanecer (todos diferentes), cada nota de la canción, cada cucharada del pastel, cada pisada del dromedario, cada huella del camino, cada palabra de la conversación, cada petición y comentario del cliente, cada palabra del experto, cada idea del sabio… y, apasionadamente, empápate de los sabores, sonidos, olores, toques, matices y sensaciones que en cada momento, especialmente en aquellos que queremos inmortalizar, nos rodean. Nuestra mejor cámara y nuestro mejor álbum esta justo detrás de los ojos, no necesita baterías y tiene el mejor flash que nunca se inventará, tu chispa.